Lápiz en el cerebro

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Al final vivimos intentando buscar un futuro y  sacrificando el presente; sin darnos cuenta de que el presente, quizá, sea lo único que tengamos.

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Tiernos recuerdos infantiles

Jamás olvidaré aquella sensación; sentí la muerte, la impotencia y el sufrimiento. Aún era yo una niña de lo más inocente; no recuerdo la fecha exacta, pero no sería difícil de saber; fuimos de excursión con el colegio.

    El destino era la exposición de apertura del museo de arte contemporánea de mi ciudad.

    Antiguamente ese edificio fuera una cárcel y alguien tuvo la idea de inaugurarlo con una con una exposición sobre su antiguo uso. Otra persona tuvo otra idea, no tan acertada, de llevar a unos niños a aquella muestra.

    Siempre me gustaron todas las experiencias relacionadas con la cultura, y más si gracias a ello salía de la monotonía de las clases por un día.

    No recuerdo mucho de la visita, sólo ciertos detalles referentes a la forma del edificio y su utilidad.

    Una de las últimas salas que vimos era una en las que aparecían diferentes objetos de tortura. Para mí eso fue el final de la visita.

    No puedo decir objetivamente cuánto tiempo se paró el guía en explicar el funcionamiento de cada utensilio, pero a mí se me hizo eterno.

    En una de las blancas e inmaculadas paredes había dispuestas una serie de máscaras de diferentes formas y con diferentes funciones.

    Parecían tan inocentes a simple vista, miradas por los ojos ignorantes e infantiles. No duró mucho.

    Mientras el guía, o la guía,  no lo recuerdo, explicaba cómo se utilizaba cada una de ellas yo lo sentía sobre mí.

    Sentía cada uno de los pinchos de la máscara metálica fríos y secos. Que poco a poco se irían introduciendo en la piel, después en mi carne y chocarían contra el hueso a medida que la ajustaban. Dejando chorrear la sangre y volviéndose húmeda y caliente.

    El cuerpo atado a una silla para que no pudieras moverte. Gruesas correas de cuero corroído fijadas a una desmantelada pero firme silla que sobrevivió a los tirones  y a las últimas fuerzas de muchos.

    El olor a acero, cuero y muerte.

    La máscara de gas parecía más liviana que la de pinchos, pero fue la que más se arraigó a mi memoria.

    Allí, de pié, a mis escasos diez años, sintiendo la ansiedad frente al destino.

    Tu cuerpo te pide respirar pero no hay aire. No puedes moverte, no puedes hacer nada. Si te ponían esa máscara sabías que tu escaso futuro podría ser de dos maneras, que te taparan y no te dejaran ni una gota de aire o que te obligaran a respirar algún tipo de gas.

    Un nexo de muerte. Pensar que mucha gente antes, y otros tantos después murieron con eso puesto que tú llevas sobre la cara. Pero no tienes tiempo para pensar en eso, simplemente sólo puedes pensar en ti, en el presente. en que tu muerte se apresura y ni siquiera tienes aire para expirar un digno último aliento.

    Su sudor, su sangre, sus lágrimas, incluso vómitos. Sus últimas palabras habrían sido amortiguadas por el metal, los gritos a través de los que sus almas querrían escapar. Y ahora tú la llevas puesta y sabes que tu destino no será muy diferente. Que no podrás hacer nada por evitarlo, que nadie vendrá a ayudarte, que morirás rodeado de gente que se regocija y se alimenta de tu muerte.

    Te extirparán poco a poco tu orgullo, después tu humanidad, hasta dejarte como un simple despojo privado de todo. Otro anónimo cadáver al que han acallado su voz.

 

P.S.S. 

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Desgraciadamente en estas últimas semanas estoy soltando todas esas lágrimas que guardé durante meses.

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Un número finito de columnas, que no me molesté en memorizar, rodeaban la elocuente construcción. Finas y esbeltas parecía que simplemente rozaban una volátil pluma con forma de cúpula, en vez de soportar las titánicas fuerzas que ésta ejercía como efecto de la gravedad. La luz atravesaba los intercolumnios segmentando la estructura, así como los rayos de sol bailan por los bosques frondosos.

Era perfecto. Era como si la naturaleza hubiera decidido que podía crear una mayor belleza si abandonaba su caótica existencia a favor de la talla del hombre.

Atravesamos las pesadas puertas contemplando cada pequeño detalle, bebiendo de la maravillosa conjunción que arrollaba los sentidos gracias a ese sinfín de decoraciones y filigranas. El horror vacui jamás había sido más espléndido ni estado más acertado.

Así fue como olvidamos el motivo de nuestra visita y dedicamos un suspiro de nuestra vida a impregnarnos de la muestra física de la existencia de la divinidad.

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Llevaba tiempo andando; volver a casa le llevaría un par de horas. La frescura del bosque atenuaba el calor del verano. Ya no faltaba mucho para que anocheciera.

No le dolían los pies, incluso con el fino calzado y el abrupto terreno. Todo estaba forrado de verde, una capa mullida y fresca. El silencio de la naturaleza es un silencio complejo, un silencio ruidoso. Todo quiere hacerse oír desde la invisibilidad. Esos mínimos ruidos que con la falta de luz asustarían al más valiente con la luz del sol que se introducía entre las bajas ramas eran, simplemente, tranquilizadores.

Los árboles se le echaban encima. Siguió caminando en soledad, en línea recta. A escasos minutos del ocaso paró en seco sobre un barranco. Su camino se acababa ahí.

La depresión en el terreno dejaba que el cielo sobresaliera entre la vegetación. Estaba tintado de rojo y naranja. Esos bellos colores que el cielo sólo alcanza a ciertas horas del día en los días más calurosos del estío.

Sólo se paró un segundo, suficiente para que su piel se empapara de la calidez del ambiente. Y volvió a la oscuridad del bosque, camino de vuelta.